Hay algo profundamente melancólico en abrir el cartel de un aniversario redondo y sentir, en lugar del vértigo de la euforia, un tibio desdén. Nos ha vuelto a pasar. Lo vivimos con las bodas de plata del Primavera Sound y su cartel, y lo sufrimos de cerca en el vigésimo aniversario del Bilbao BBK Live. Años celebrando efemérides históricas, campanillas al viento, presupuestos inflados y, al final, la sensación persistente de que la cabecera de cartel sabe a refrito, a medianía o a gloriosa nostalgia.
¿Qué está pasando? ¿Es que las grandes estrellas del rock, el pop y la electrónica se han confabulado para darle la espalda a los festivales de masas? La respuesta corta es sí. La larga, y más inquietante, es que el modelo del macrofestival tal y como lo conocíamos se está desangrando por sus propias costuras. Y no, la culpa no es solo de la falta de talento generacional, sino de una tormenta perfecta económica y logística.
El fin de la era de los salvadores de estadios
Durante años, los festivales se construyeron bajo la premisa de la pirámide feudal: unos pocos dioses del Olimpo musical acaparaban el 70% del presupuesto, seguidos de un colchón de medianías y una letra pequeña que servía de relleno hípster. Hoy, esos dioses o bien se han retirado a hacer giras de despedida eternas —que rinden el triple de beneficio con la mitad de esfuerzo—, o bien exigen unas condiciones económicas que ya no cuadran en una hoja de Excel. No hace mucho veíamos a Neil Young y The Who en unas primeras ediciones de Madcool, en 2023 el Primavera trajo a Blur + Kendrick Lamar + Rosalía en pleno apogeo, incluso antaño en el festival de Jazz en San Sebastian pudimos ver gratis a todo un Bob Dylan en la playa. Ni que decir tiene aquellos FIB con Oasis, Morrisey, Strokes,..etc.

Y es que, los grandes nombres ya no quieren formar parte de un cartel masivo por varias razones de peso:
- La dictadura del caché y el radius clause: Las agencias de booking internacionales operan bajo reglas de mercado salvajes. Exigen exclusivas territoriales abusivas y cachés desorbitados que obligan a los festivales a hipotecar su viabilidad a la venta de entradas. Cuando el margen de error se reduce a cero, los promotores prefieren diversificar el riesgo apostando por la clase media de la industria antes que arriesgarlo todo a una sola carta mastodóntica que puede decir «no» a última hora.
- El fenómeno del Anti-Festivales (La ruta de estadios propia): Artistas con capacidad de convocatoria masiva se han dado cuenta de que llenar un estadio o un recinto propio en solitario les reporta un margen de beneficio infinitamente superior y un control absoluto de la experiencia de sus fans. ¿Para qué compartir cartel con otros veinte nombres, tragar con los horarios intempestivos de un escenario secundario y soportar el desgaste de un público generalista cuando puedes montar tu propio circo y quedarte con la recaudación íntegra de la taquilla?
- El agotamiento de la marca «Festival»: Para un artista de primera línea, el cartel de un macrofestival se ha convertido en un escaparate impersonal. El público ya no va a ver a The Who, Radiohead o a la gran diva del momento; va «al festival». La pérdida de centralidad del artista frente a la marca del evento genera un rechazo soterrado en mentes creativas que cuidan su estatus con lupa.
La trampa de la taquilla y los números rojos
Por el lado del promotor, el panorama es dantesco. Los costes de producción —seguridad, infraestructuras, cánones, alquileres de espacios públicos y caché de artistas— se han disparado un 40% desde la postpandemia, mientras que el bolsillo del asistente tiene un límite físico. Los abonos a precios prohibitivos ya no se absorben con la alegría de antaño, obligando a los festivales a tirar de «letras medianas» infladas artificialmente mediante etiquetas de modernidad o nostalgia.
Los aniversarios, que deberían ser una declaración de intenciones y un puñetazo en la mesa, se han convertido en ejercicios de funambulismo financiero. Se ficha lo que se puede, no lo que se sueña.
¿Hacia dónde caminamos?
Quizá, y solo quizá, debamos alegrarnos de este divorcio. La decadencia de los grandes carteles de cabecera puede ser el detonante necesario para la implosión de un modelo mastodóntico, insostenible y masificado que a menudo trataba la música como un simple reclamo de Instagram.
Si los dinosaurios ya no caben en el cartel, tal vez sea el momento de redescubrir el valor de lo mediano, de los recintos humanos y de los directos donde la música vuelve a importar más que el logotipo impreso en el vaso de plástico. Lo que estamos presenciando no es el fin de la música en directo, sino el certificado de defunción del parque temático musical. Y, bien mirado, ya era hora.

