Ambas bandas nacieron dentro de la escena alternativa, ambas terminaron abrazando el pop de estadios con colorines, pantallas, confeti y pulseritas de colores.
Hubo un tiempo en que el rock alternativo se medía en susurros y texturas orgánicas. Chris Martin lloraba penas íntimas bajo una luz amarilla, componía canciones estruendosas («Politik») y sutiles declaraciones de amor («Green Eyes») y Kevin Parker se encerraba en su dormitorio de Perth para tejer muros de sonido distorsionado, con un ritmo absolutamente original entre la psicodelia artificial de Flaming Lips y el rebuscado pop artístico y sugerente de Beck. Sin embargo, hoy, las trayectorias de Coldplay y Tame Impala convergen en un punto común: la conquista del espectáculo total, donde la introspección ha sido sacrificada en el altar del confeti y los ritmos de pista de baile. Un ejercicio grotesco donde aquellos que compramos sus primeros discos, hoy nos sentimos algo engañados. La nueva traición de Figo, fue por dinero. Siempre es por dinero (y por ego).

1. El Origen: Introspección y Raíces Orgánicas
A principios de los 2000, Coldplay era la respuesta emocional al post-britpop. Álbumes como «Parachutes» y «A Rush of Blood to the Head» se sentían como secretos compartidos. Eran guitarras acústicas, pianos melancólicos y un aura de vulnerabilidad que llenaba teatros y pequeñas salas con una energía casi espiritual (Sala Apolo año 2000 en Barcelona, y La Riviera año 2003 en Madrid).
Por su parte, Tame Impala irrumpía en 2010 con «Innerspeaker». Kevin Parker era el ermitaño de la psicodelia; sus discos eran viajes solitarios, introspectivos y llenos de capas analógicas que no buscaban la radio, sino la hipnosis. En aquel entonces, ver a Tame Impala era presenciar el caos controlado de un «científico loco» del sonido. Incluso en esos primeros años, cuando les vimos las primeras veces en Barcelona (Primavera Sound), sus limitadas destrezas con las guitarras no hacían honor al magnetismo que desprendían sus canciones, pero era lo de menos. Lo llaman aura.
2. La Transición: El Flirteo con el Pop
El cambio no fue accidental. Ambas bandas detectaron el techo de cristal de sus géneros y decidieron romperlo:
- Coldplay: El punto de inflexión fue el «Viva la Vida» y «Mylo Xyloto». Aquí, la banda de Chris Martin cambió el marrón de las chaquetas de pana por el grafiti fluorescente. La colaboración con Rihanna en «Princess of China» fue el aviso definitivo: Coldplay ya no quería ser Radiohead; quería ser el centro de la fiesta.
- Tame Impala: Aunque aquel «Elephant» del «Lonerism» (2012) ya empezó a ser un aviso (muchedumbres en un BBK de Bilbao lo coreaban como si fuera un partido de futbol), no fue hasta «Currents» (2015) donde Parker empezó a ponerse fondón y darle un giro a la banda. Y es que, abandonó casi por completo las guitarras eléctricas para abrazar los sintetizadores y las cajas de ritmos, pero seamos sinceros, fue aquel un discazo sobresaliente y la verdad, parecía una evolución lógica del sonido de la banda. «Let It Happen» no era una canción de rock, se convirtió en un himno de club. La introspección seguía ahí, pero ahora se podía bailar.
3. El Presente: El Espectáculo de «Lucecitas» y Confeti
Hoy, la evolución ha llegado a su fase más comercial y expansiva. Los álbumes más recientes de ambas formaciones («Moon Music» de Coldplay y «Deadbeat» de Tame Impala) están diseñados para maximizar el impacto en grandes recintos y listas de reproducción globales. El ego de ambos líderes (y el dinero) ha convertido a ambas bandas en el camino odiado por todo auténtico melómano. Aquel que con toda la ilusión descubre una banda, se engancha como droga dura, se compra sus discos, se siente incluso cercano a la manera de presentarse en escenario de la banda por vestimenta, actitud, …todo. Y de repente, su novia no se llama Bibi, se llama Manolo. Tame Impala suena a un club cutre de Ibiza y Coldplay, a un anuncio de colonias de Navidad.
La Paradoja de la Masividad
Entonces, ¿se ha perdido el «aura especial» que mencionaban sus primeros seguidores?. La mística de lo exclusivo ha sido reemplazado por la democratización del entretenimiento.
Los conciertos de Coldplay son hoy experiencias multisensoriales donde la música es solo un componente más de un ecosistema de fuegos artificiales y mensajes de positividad universal. De igual modo, Tame Impala ha pasado de ser el tesoro escondido de los «indies» a encabezar festivales de la mano de colaboraciones con Dua Lipa o Travis Scott, y su presentación en España en este mes de abril demuestran que, como sucede con Coldplay, sus directos ya no son sólo música, son más bien un espectáculo visual: laser, pantallas, lucecitas de colores. Mucho «Drácula» y mucho Figo.
Conclusión
Coldplay y Tame Impala han seguido caminos paralelos hacia el omnivorismo pop. Aunque sus orígenes sean distintos —uno en el pop-rock británico y el otro en la psicodelia australiana—, ambos han entendido que, en la era del streaming y el espectáculo visual, la evolución significa expandirse. Han cambiado el susurro por el grito coral, y la sombra por el arcoíris de confeti. Es, al fin y al cabo, el precio de convertirse en la banda sonora de todo el planeta, tanto de los que les gusta la música, como de los que sólo van a un concierto porque ese día le han invitado, se quieren tirar una foto para instagram o «es lo que toca» porque está de moda. Figo.

