Un nuevo día para la reconversión más psicodélica y permeable de una artista en estado de gracia.

Cuando Liz Cooper irrumpió en la escena de Nashville con su banda The Stampede y aquel hipnótico Window Flowers (2018), quedó claro que el molde tradicional del folk-rock sureño se le iba a quedar pequeño muy pronto. Su posterior confirmación en solitario con Hot Sass (2021) rompió los esquemas, abrazando un art-rock anguloso, punk y descarado. Ahora, la compositora estadounidense regresa con New Day, un trabajo que la prensa internacional ya señala como su obra más ambiciosa, expansiva y madura hasta la fecha.

New Day funciona como una catarsis sonora. Es un álbum que se debate constantemente entre la luz de los nuevos comienzos y las cicatrices del pasado. Publicaciones británicas como Uncut o Mojo no han escatimado en elogios, destacando su capacidad para tejer atmósferas envolventes sin perder ese colmillo afilado tan característico de su guitarra. La crítica americana, por su parte —con cabeceras como Paste Magazine a la cabeza—, coincide en que Cooper ha alcanzado ese estatus de «rara avis» indomable, capaz de saltar del dream-pop al garage-rock con una naturalidad pasmante.

Registrado a caballo entre los míticos estudios de Nashville y los paisajes desérticos de Joshua Tree, la grabación de New Day ha estado marcada por la improvisación en el estudio y la búsqueda de texturas crudas. Cooper se ha rodeado de colaboradores habituales del circuito underground americano, buscando una producción orgánica que emule la fuerza de sus directos pero con un barniz de ensoñación psicodélica.

En lo musical, las guitarras con fuzz cargadas de distorsión y los sintetizadores analógicos de los años setenta dominan el paisaje, pero hay un mayor espacio para el silencio y la contención. El eco del shoegaze noventero, las líneas de bajo de corte post-punk y esa sensibilidad melódica heredada de la psicodelia de la Costa Oeste se funden en un lienzo sonoro donde su voz —ahumada, mutante y profundamente expresiva— se convierte en el faro absoluto.

Los mejores cortes de este New Day:

  • «Golden Hour»: El tema que abre y define el tono del álbum. Arranca como una balada acústica crepuscular para terminar estallando en un muro de sonido eléctrico asombroso. Pitchfork la ha descrito en sus primeras reseñas como «una suite psicodélica que encapsula perfectamente la transición del aislamiento a la liberación».
  • «New Day»: La pista homónima que sirve como declaración de intenciones. Un ritmo downtempo hipnótico que avanza sin prisa, guiado por un riff analógico distorsionado que se mete bajo la piel. Líricamente es un ejercicio de vulnerabilidad brutal sobre reconstruirse desde los cimientos.
  • «Washing Machine»: El corte más visceral e inmediato del disco. Una descarga de garage-pop acelerado y guitarras abrasivas donde Cooper canaliza su rabia más punk, recordando por momentos a los momentos más experimentales de PJ Harvey o St. Vincent.
  • «Silver Lining»: Ubicada de forma magistral en la recta final del LP. Una pieza de orfebrería pop flotante, de coros celestiales y guitarras con un chorus acuático bellísimo, que demuestra que el dolor también se puede cantar con dulzura.

New Day es la confirmación definitiva de que Liz Cooper se niega a ser encasillada. Mientras que muchos artistas se acomodan en fórmulas conocidas tras rozar el éxito comercial, ella prefiere seguir mutando. Es un disco luminoso dentro de su densidad, una colección de canciones madura y arriesgada que se posiciona firmemente entre lo mejor del rock alternativo e independiente del año.

Web Oficial de Liz Cooper

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