Hubo un tiempo en que ir a un festival de música significaba terminar cubierto de barro, con una camiseta vieja de tu banda favorita y el pelo alborotado tras diez horas de baile desenfrenado. Sí, no había móviles. Como mucho alguien llevaba una cámara de esas Kodak de cartón de usar y tirar en el bolsillo. A la vuelta a casa, no compartías fotos con semidesconocidos. Compartías historias con amigos.
Hoy, esa imagen parece prehistórica. En la era de Coachella, Burning Man y el auge del «festival de influencers», la música ha pasado a ser el hilo musical de fondo para lo que realmente importa: el disfraz.
Pero no nos engañemos, no estamos hablando de disfraces creativos o artísticos en el sentido tradicional. Estamos ante una horterada artificial meticulosamente planeada para el algoritmo y copiada y recopiada de un instagram a otro. Como decían en aquel maravilloso documental sobre la vida de Ricardo Urgell (el mayor discotequero del mundo), «en aquella Ibiza (la de los años 70 u 80) las mujeres tenían su propia idiosincrasia, su propia personalidad. Ahora son todas iguales«. Aplíquese tambien al género masculino.
Es irónico que, en un intento por parecer «espíritus libres» o «rebeldes», miles de personas acaben pareciendo clones salidos de una producción de bajo presupuesto de Mad Max. En Coachella, El estilo boho-chic ha degenerado en un exceso de flecos sintéticos, purpurina que tardará siglos en biodegradarse y sombreros de ala ancha que solo sirven para tapar la visión del que está atrás. Es tan artificial que resulta repugnante.
En otro al uso, el Burning Man y su concepto de «autoexpresión radical», se ha transformado en un catálogo de gafas de aviador con brillantes, hombreras de plumas y botas de plataforma imposibles para caminar sobre la arena, pero perfectas para una foto en una duna.
Pero, ¿por qué la gente siente la necesidad de disfrazarse? La respuesta corta es la validación externa. En un entorno saturado de cámaras y vlogs en directo, la indumentaria no es una expresión de la personalidad, sino una herramienta de marketing personal. Podríamos afirmar que en estos festivales, el asistente no va a ver el espectáculo, el asistente es el propio espectáculo.

El disfraz actúa como una barrera de artificialidad. Cuanto más exagerado es el atuendo —más pedrería pegada a la cara, más transparencias estratégicas—, más se aleja la persona de su realidad cotidiana para encarnar un avatar diseñado exclusivamente para Instagram.
Lo más fascinante (y quizás lo más hortera) de esta tendencia es el esfuerzo masivo por parecer que no te has esforzado. Los influencers pasan meses planeando «looks» que supuestamente evocan una libertad salvaje, cuando en realidad cada accesorio está calculado para que combine con el filtro de moda. Esta estética es profundamente artificial porque carece de contexto. Ver a alguien con un tocado de plumas un arnés de cuero en mitad del desierto, rodeado de un equipo de fotógrafos profesionales, elimina cualquier rastro de autenticidad. Es moda desechable para un consumo rápido (para el que quiera consumirlo, claro…).
La moda de festival ha creado un nicho de ropa de bajísima calidad que solo se usa una vez. Es la apoteosis de la horterada industrial: materiales plásticos que brillan bajo el sol, accesorios que no tienen utilidad práctica, mezcla de estilos imposibles (de vaquero y astronauta, heavy y futurista,…).
Al final del día, el disfraz en los festivales modernos es un síntoma de una cultura que valora más la imagen del evento que el evento en sí. Cuando el disfraz se vuelve más importante que la comodidad, la conexión con los demás o la propia música, el festival deja de ser un espacio de libertad para convertirse en un escaparate de cartón piedra.
Ahora lo verdaderamente alternativo y un acto de rebeldía no es llevar luces LED en el pelo, sino aparecer en Coachella con una camiseta blanca básica, unos vaqueros y unas nike y disfrutar de la música con el móvil apagado.


