En «El antiguo Madrid», obra editada ya en el 1861, Mesonero Romanos describe el Rastro como una venta de «todos los ustensilios, muebles, ropas y cachivaches averiados por el tiempo, castigados por la fortuna, ó sustraídos por el ingenio á sus legítimos dueños. Allí es donde acuden á proveerse de los respectivos menesteres las clases desvalidas, los jornaleros y artesanos; á las miserables covachas de aquellos mauleros cubiertas literalmente de retales de paño, de telas de todos los colores; á los tinglados de los chamarileros, henchidos de herramientas, cerraduras, cazos, sartenes, velones, relojes, cadenas y otras baratijas; á los montones improvisados de libros, estampas y cuadros viejos, que cubren el pequeño espacio de pavimento que dejan los puestos fijos, asisten diariamente en busca de alguna ganga ó chiripa los aficionados veteranos, rebuscadores de antigüedades, arqueólogos y numismáticos de deshecho, bibliógrafos y coleccionistas de viejo…». Y es que El Rastro es uno de esos pocos lugares que todavían quedan en el Madrid auténtico de tapas, música y acción. Esperemos que Gallardón no le meta mano, aunque todo lo bueno, en ésta ciudad, parece ser susceptible de ello.
Toda persona de aquí o de fuera, debería cumplir con éste obligado ritual de domingo por la mañana: un recorrido por todas sus calles emblemáticas (Rivera de Curtidores, plaza del Cascorro, San Cayetano o «calle de los pintores», Don Fray Ceferino González o «calle de los pájaros»,…etc) y sus cañas, tapas y aperitivos varios de estricto cumplimiento. Su forma de recorrerlo de la manera más adecuada para no perderse ni un solo tramo, es todo un misterio; hay incluso libros escritos sobre ello. El Rastro tiene su propia personalidad, se odia o se ama, pero a nadie le resulta indiferente. En resumen, si hay un lugar en Madrid emblematico y auténtico, éste es el Rastro de Madrid.