
Me he pasado todo el día con esa sensación extraña que dejan las noticias que no deberían existir: Robe Iniesta ha muerto. Lo he leído en frío, en la pantalla del móvil, como si fuese una frase mal escrita, como si el mundo estuviera cometiendo un error que alguien debería corregir de inmediato. Pero no. Hoy el cielo se nos ha caído un poco encima, y su ruido se parece demasiado a un acorde mal tocado que nunca termina de apagarse.
Y mientras intento ordenar ideas, me vuelvo inevitablemente al principio de todo, a cuando era un crío y ni siquiera sabía que la música podía ser algo más que un ruido agradable colocado detrás de las cosas. Me acuerdo de mi amigo Joaquín Beca (en esa época de colegio te conoces por nombre y apellido) y de la guitarra vieja de su hermano -esa guitarra prohibida que manejábamos como quien roba fuego-, del miedo estúpido a que nos pillara tocándola y del ritual de salir corriendo, riendo y jadeando, como si hubiéramos descubierto un secreto demasiado grande para sostenerlo. Aquella guitarra era la primera grieta en la realidad, el primer temblor. Y no lo sabía entonces, pero ese temblor tenía nombre: Robe, Extremoduro, todo lo que vendría después.
Años más tarde, en el viaje de fin de curso de octavo de EGB, la cinta de “El Día de la Bestia” se coló por la espumilla naranja de los primeros cascos de walkman y corría de oreja a oreja en el autobús.
Recuerdo perfectamente el momento en que sonó, esa voz, esa cadencia canalla y trasnochada, o esa voz gamberra y magnética, esa sensación de peligro manejable que tienen las cosas que te despiertan de golpe. En aquel instante, entre bocadillos envueltos en papel de plata y conversaciones torpes de preadolescentes, entendí que había músicas que no acompañaban la vida: la abrían en canal. Empezó allí una especie de posesión suave, una fidelidad de por vida que yo aún no sabía nombrar.
Los veranos de coche familiar por los picos de Europa estaban salpicados de cintas de Mecano en la radio del coche, luego Juan Luis Guerra, luego unas conversaciones adultas que a mí me sonaban a ruido blanco. Yo llevaba cascos y dentro sonaba “Iros a tomar por culo”. Era mi escondite portátil. Mientras el coche bordeaba precipicios y praderas, yo viajaba por otro mapa distinto, uno que solo conocíamos Robe y yo. Extremoduro era mi cosa, mi territorio, mi manera de estar en el mundo sin pedir permiso.
Luego vinieron los discos de verdad: Canciones Prohibidas, Yo, Minoría Absoluta. Discos que parecían escritos para una generación que no terminaba de estar cómoda ni dentro ni fuera de nada. Yo tampoco encajaba en casi ningún sitio, supongo, y por eso aquellas letras se me quedaron pegadas a los huesos. Robe hablaba de cosas que nunca me habían dicho que se podían decir. Era un poeta sin permiso, el profeta torcido que todos necesitábamos sin saberlo.
Los mas que épicos años del Viña Rock —2002 a 2007—, cuando Extremoduro era una especie de animal mitológico que aparecía en escena para incendiarlo todo. Quien estuvo allí lo sabe: aquello no eran conciertos. Eran rituales, liturgias paganas, noches en las que miles de cuerpos sudaban lo mismo, gritaban lo mismo, se deshacían en lo mismo. Tengo a fuego grabada La silueta de robe circundado de rojo sobre negro disipado por el humo.
Años después, cuando me mudé a Madrid, conocí a Mary. Nos hicimos amigos rápido, de esa manera que solo es posible cuando compartes una religión musical. Ella que es puro hip hop, siempre presumió de su cultura rockera por su primer novio “un heavy en Vallecas”, argumento más que sólido. Sé que hoy lo pasó mal. Qué decir de Pipe melómano como pocos, quemando La Ley innata por el desierto de Indio yendo a Coachella, hace años ya, perdidos en una autocaravana, mientras afuera el desierto se teñía de naranja. De ellos entendí que la música de Robe podía viajar al otro lado del mundo sin traducirse, sin adaptarse, sin pedir permiso. Era un idioma autónomo.
En algún momento llegó la etapa en solitario: Lo que aletea en nuestras cabezas, Destrozares, Mayéutica, INTEMPODOS. Y ahí descubrimos a un Robe que siempre había estado ahí pero que no siempre sabíamos ver: el poeta puro, el filósofo sucio, el escritor que no escribe con pluma. Cada disco parecía más libre que el anterior, más ajeno a modas, más cerca de esa línea fina donde la música y la literatura se tocan sin llegar a mezclarse.
Y llegó 2024, después de una fallida gira de Extremoduro, ROBE decidió darse un buen tour y fue con “Se nos lleva el aire”, su magnífico disco de 2024. Rivas fue su última actuación en Madrid, apertura de gira. A la de cierre no llegó.
Nunca está uno preparado para la última vez. Acudí, sólo, a su último concierto. No lo sabíamos entonces, o quizá lo sospechábamos sin querer asumirlo. Lo que sí sé es que nunca he visto a Robe cantar con una mezcla tan perfecta de humanidad, dolor y claridad. Era como si todo su recorrido —lo eléctrico, lo tierno, lo furioso, lo roto— estuviera allí, concentrado en una noche que se iba deshaciendo
lentamente. Nunca en mi vida he llorado tan inconteniblemente, al límite de lo bochornoso.
Hoy, mientras escribo estas líneas, me doy cuenta de que hablar de Robe es inevitablemente hablar de uno mismo. Es hablar del niño que huía después de robar una guitarra ajena, del adolescente escondido
entre auriculares mientras el mundo seguía su curso, del adulto que mutaba sin soltar esa música que lo acompañaba desde antes de saber quién era. Y mientras todo esto pasaba por nuestras vidas, ¿dónde
estaba ROBE?, siempre escondido, pero con su verdad para el que la quisiera oír, probablemente en un jardín sin puerta, pero si damos una vuelta por la vereda de atrás, encontraremos un rincón al sol.
Robe Iniesta ha muerto, pero su legado a través de tantas historias propias queda en el colectivo de los que amamos su música. Un Robin Hood que murió como un rey. Una estrellita pequeñita pero firme.

