Un año más: 2025

El año 2025 está tan lejos del 2000 como éste del 1975. Y, sin embargo, no se hace tan abismal la diferencia estilística ni la deriva emocional. Lo que nos espera en años venideros es incierto, apasionante para los osados y decepcionante, posiblemente, para los que abrazan irremisiblemente el concepto de “sus tiempos”. Pero la tierra se sigue moviendo y, aunque muchos quieran ignorarlo -tan lícito como respetable-, la tierra se mueve como decía Copérnico y, afortunadamente, también nos colma de alegrías. Una vez más como cada año, las juntamos y os las presentamos intentando convertir nuestro disfrute en vuestro deleite. Un año más.

Hubo un momento, justo al inicio del año, en el que todo parecía reducido a una cuestión mínima: ¿Qué nos queda cuando la forma canción empieza a desbordarse? Dijon lo planteó mejor que nadie desde aquella especie de dormitorio reverberante que es «Baby»: un disco que parecía estar grabado sin intención de que nadie lo oyera, pero que terminó convertido en brújula emocional del año. Todo en él era pequeño, febril, urgente… La clase de urgencia que te obliga a preguntarte qué viene después.

Y lo que vino después no fue calma, sino ruido. Porque pasar de Dijon a Wednesday es como abrir la ventana tras una noche de insomnio: de repente entra el mundo real, el de guitarras que chirrían y recuerdos que no terminan de cicatrizar. En «Bleeds», Karly Hartzman cantaba como si cada verso fuera un intento de aferrarse a algo que se deshace. Y, sin embargo, había belleza ahí. Una belleza obstinada que conectaba con aquella misma vulnerabilidad inicial de Dijon, solo que amplificada diez veces.

Ese ruido encontró su reflejo natural en Geese, que en «Getting Killed» parecían responder a Wednesday con un álbum que no sabía si quería ser art-rock, teatro absurdo o diario adolescente. Lo maravilloso es que lo era todo. El caos tenía un orden secreto, y ese orden se convertía en narrativa. Si Wednesday hablaban del temblor íntimo, Geese hablaban del temblor social: de vivir en un mundo que siempre parece a punto de desmoronarse.

Esa sensación de derrumbe encontró su traducción física en Turnstile, que con «Never Enough» demostraron que el hardcore también puede ser celebración. Su energía era tan contagiosa que, escuchándolos, uno entendía que el ruido no siempre es herida: a veces es catarsis. Y esa catarsis conectaba directamente con la ambición de Cameron Winter, cuyo «Heavy Metal» (2024) —irónicamente, un disco sin metal— funcionaba como la parte introspectiva posterior a la explosión. Winter parecía recoger los pedazos de todo lo que había estallado antes y reconstruirlos en forma de rock barroco, casi ceremonial.

Esa solemnidad abría camino a uno de los regresos del año: Pulp, con «More». Jarvis Cocker, siempre agudo, siempre consciente del teatro de la vida moderna, se presentaba aquí como cronista de una madurez incómoda. Lo que en Winter era drama íntimo, en Pulp era ironía social. Y ese mismo tono, en una variante más oscura y melodramática, reaparecía en Suede con «Antidepressants», donde Brett Anderson convertía la decadencia en arte con un pudor nuevo, cansado, elegante.

Si Suede recuperaba las sombras, Stereolab aportaban la geometría luminosa. «Instant Holograms on Metal Film» era un recordatorio de que el pop podía ser pensamiento, estructura, arquitectura sonora. Y ese rigor conceptual se convertía casi en una broma inteligente cuando desembocaba en CMAT y su «Euro-Country», un álbum que tomaba la teatralidad y la devolvía a lo humano: melodías imposibles y una ironía que curaba.

Ese humor resignado de CMAT servía como desvío perfecto hacia la extraña sensualidad adolescente de Wet Leg, que en «Moisturizer» demostraban que se puede crecer sin perder el descaro. Y ese descaro —esa manera de no pedir permiso por existir— era la misma que articulaba el canto visceral de Militarie Gun, cuyo «God Save The Gun» unía punk, rabia y melodía en una ecuación que parecía imposible pero funcionaba precisamente por su falta de cálculo.

De ese punk melódico era fácil caer en el pop emocional. Hayley Williams, en «Ego Death at a Bachelorette Party», entregó el diario emocional más honesto de su carrera. Sus canciones parecían hablar con la misma sinceridad fracturada que escuchábamos al principio del viaje en Dijon, pero desde otra edad, otro cansancio. Y de ahí, naturalmente, emergía la figura expansiva, conceptual y siempre inquieta de Rosalía, cuyo «LUX» elaboraba un universo donde el pop era pregunta, no respuesta. Si Hayley escribía desde el interior, Rosalía lo hacía desde el reflejo de ese interior en pantallas, espejos e identidades múltiples.

Ese juego de espejos encontraba un eco inesperado en el hip hop, que en 2025 vivió un año tan fragmentado como fértil. Little Simz con «Lotus» entregó uno de sus discos más precisos y elegantes. Un tratado sobre poder, vulnerabilidad y disciplina creativa. Clipse regresaron con «Let God Sort Em Out», un álbum oscuro, filosófico, que hablaba de fe y culpa con una frialdad quirúrgica. Y en el extremo opuesto, Playboi Carti dinamitó de nuevo los códigos con «MUSIC», un artefacto de rap mutante, industrial y gótico que resonaba —por alienígena— con la misma libertad formal que Stereolab, aunque desde un lenguaje completamente distinto. El hip hop del año parecía dialogar, sin saberlo, con la misma pregunta que abría este artículo: ¿Qué queda de la canción cuando la forma implosiona?

Mientras tanto, en el territorio del metal, 2025 firmó uno de sus periodos más fértiles de la década. Lorna Shore llevaron el deathcore sinfónico a un nivel casi operístico en «Requiem of the Abyss», demostrando que lo extremo también puede ser monumental. Opeth, con «Labyrinthine Skies», recuperaron el prog oscuro y orgánico de sus grandes épocas, como si hubieran decidido que el pasado no era un lugar al que volver, sino un material con el que construir algo nuevo. Y del otro lado del espectro, Gojira propusieron con «Aetherstone» un metal espiritual y tectónico que funcionaba como contrapeso perfecto a la fisicidad desatada de Turnstile. La idea de catarsis, presente en tantos discos del año, encontraba en el metal su versión más literal y cósmica.

Después de atravesar ruido, pop, rap y metal, el viaje se torna ligereza conducida de forma magistral por Jens Lekman, cuyo «Songs for Other People’s Weddings» utiliza celebraciones ajenas para hablar de emociones propias. Y en el extremo analítico de esa misma sensibilidad, Jenny Hval ofrecía con «Iris Silver Mist» un ensayo sonoro sobre identidad, cuerpo y desaparición.

De ese análisis pasábamos a la introspección cristalina de Bon Iver en «Sable, Fable», donde Justin Vernon volvía a reconciliarse con la melodía sin perder su halo espectral. Era el regreso a casa después de un viaje largo. Esa calma se transformaba en contemplación en Jason Isbell, cuyo «Foxes in the Snow» era un cuaderno de notas sobre cómo sobrevivir a uno mismo. Y Jeff Tweedy, en «Twilight Override», aportaba el contrapunto perfecto: canciones pequeñas, iluminadas suavemente, recordándonos que la música, en su forma más honesta, siempre vuelve al gesto mínimo.

Finalmente, Big Thief, con «Double Infinity», cerraban el círculo. Su disco tenía la amplitud suficiente para contener todos los caminos del año: ruido y silencio, crudeza y belleza, caos y orden. Era, en cierto modo, la síntesis natural de todas las transformaciones que habían venido antes.

Porque si algo enseñaron estos discos —del rock al pop, del hip hop al metal, de lo íntimo a lo expansivo— es que 2025 no fue un año de certezas, sino de conexiones. De puentes inesperados entre artistas que, sin proponérselo, parecían estar respondiéndose mutuamente.

Un año lleno de realidades propias que permite crear perfiles de oyente tan autónomos en su vertientes como lleno de lugares comunes. A lo mejor, uno de los últimos años en que los artistas buscan en su interior y libre de IA. Un año que se recordará también por la pérdida de ROBE, paradigma de la autenticidad y las maneras propias.

Geese – «Getting Killded» (JRGE09)

Es como el tabaco. La primera calada, toses y dices «vaya puto asco». A la cuarta vez, te has enganchado y no puedes vivir sin él. Así es el pop-rock extraño, oscuro, bonito y desagradable a partes iguales. Incómodo. Un disco que recuerda a geniales álbumes también con ese tinte incómodo como aquel Bitte Orca de Dirty Projectors o algún pasaje poco afable de Modest Mouse. La voz de Cameron Winter lo es todo. Las canciones, un reflejo del momento lúgubre y decadente de un país, EEUU, que se asoma a la miseria ética y social. Un disco seminal para esta década. «Cobra» o «Au Pays du Cocaine», algunos de los mejores cortes de este trabajo.

Turnstile – «Never Enough» (JRGE09)

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Los de Baltimore han llegado a ese punto exacto en su carrera donde su hardcore abraza el pop sin perder un ápice de fuerza y energía. Los más ilustrados en el género, al igual que los más profanos, han sido atraídos por sus directos tan contundentes y trascendentes, como divertidos y ligeros. Flautas, campanas, trompetas…, la nueva piel de Turnstile les siente muy bien. «Seein Stars» y «Never Enough», los dos bocados más amables y apetecibles por donde hincarles el diente.

Clipse – «Let God Sort Em Out» (The Doctor)

El regreso de Clipse funciona como una puesta al día de su propia leyenda. El álbum no busca nostalgia ni repetir fórmulas: apuesta por un sonido sobrio, áspero, que combina minimalismo digital con una
producción que privilegia el espacio y la frialdad. Pusha T y No Malice suenan más adultos, más conscientes de su historia y de sus contradicciones, y convierten esa madurez en un discurso que mezcla culpa, poder y espiritualidad sin caer en moralismos, no nos confundamos, no hay pussys entre los padres del autodenominado “coke rap”. No hay estribillos fáciles ni artificio comercial: la huella de vanguardia, tradición y cool de Pharrell Williams vuela como un dron por todo el disco y lo hace más adictivo y pegajoso.

Whitney – «Small Talk» (The Doctor)

El nuevo disco de Whitney es la luz de la mañana atravesando en líneas de sol dibujadas en el suelo del salón. Su transición definitiva se consolida con armonías preciosistas y una melodía salpicada de texturas y arreglos algo más ambiciosos. A diferencia de sus primeros trabajos, aquí la banda trabaja más el detalle que la inmediatez: voces doblemente procesadas, secciones de viento discretas y letras que se mueven entre lo introspectivo y lo cotidiano sin forzar trascendencia. Es un disco coherente, elegante, que quizá no sorprenda, pero sí consolida un lenguaje propio y maduro.

Alex G – «Headlights» (JRGE09)

Hace tiempo ya que ALEX G empuñó la bandera de aquel pop ilustrado, nerd y delicado que a principios de siglo lideraron Sufjan Stevens, The Shins o Neutral Milk Hotel. Desde su anterior God Save The Animals (2022), Alexander Giannascoli se erige como la gran esperanza blanca de aquel pop que en algún momento se llamó indie. Este «Headlights», un nuevo ejercicio de melodías elaboradas y muy bien pensadas instrumentaciones, se presenta entre acordeones, guitarras acústicas y teclados junto a letras (como manda el género) elocuentes y ácidas: «She said, We were clean like kerosene, candy and porno magazines«. Canciones como «Afterlife» o «Real Thing», algunos de los mejores cortes de este largo (si es que no lo son todos).

Psychedelic Porn Crumpets – «Fronzoli» (The Doctor)

El nuevo trabajo de Psychedelic Porn Crumpets es una cascada de psicodelia guitarra, incontenible como un misil envuelto en dinamita. Su misión reventarte con: psicodelia guitarrera, ritmos frenéticos y un uso del riff como vehículo principal de identidad sonora. A diferencia de discos anteriores más saturados, aquí el grupo introduce mayor control dinámico y una producción algo menos abrasiva, lo que permite que las melodías respiren sin perder energía. Su mezcla de rock psicodélico, stoner ligero y pop ruidoso sigue siendo tan distintiva como inmediata, y dentro de la misma ola australiana de grupazos como King Lizzard… POND etc que son muchos, demuestra ser una banda consciente de sus virtudes y decidida a reforzarlas. Es un álbum sólido, directo y efectivo, que reafirma su posición dentro de la nueva psicodelia de guitarras.

Nation of Language – «Dance Called Memory» (LU)

Un disco que ahonda en la pérdida, el duelo y el cambio para regalarnos un maravilloso recopilatorio de synth pop de 10 canciones que destilan belleza, oscuridad, giros, acordes y sintes que nos envuelven y atrapan. Basta con escuchar «In Another Life» o «Silhoutte» para asumir el potencial del trío de Brooklyn liderado por Ian Devaney que les sirve también para consolidarse después de cuatro LPs. Han teloneado este verano a Death Cab for Cutie y ya están listos para su gran gira propia. Estaremos muy atentos.

The Belair Lip Bombs – «Again» (LU)

No es casualidad que The Belair Lip Bombs hayan firmado con el sello Third Man Records, propiedad de Jack White. «Again» es un chute de riffs potentes e hipnóticos que recoge la pura esencia del indie rock de antaño de bandas como The Strokes, Artic Monkeys o los White Stripes que tanto nos molaban. Temas como «Again and Again» son suficientes para demostrar que a veces, una fórmula sencilla es la clave del éxito. El cuarteto de Melbourne corroboran que la escena australiana sigue cosechando y exportando un enorme talento.

Parcels – «Loved» (LU)

El tercer trabajo de los australianos Parcels les sirve para consagrarse como la gran banda que son. Canciones adictivas que siguen en la misma onda que sus primeros singles, que rezuman la misma frescura y que nos llevan a la pista de baile a ritmos contagiosos. «Loved» es resultado de la idiosincrasia de cinco chavales que pasaron de tocar en las calles de Byron Bay a conquistar los festivales de todo el mundo con una propuesta sólida y exquisita.

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