Su apodo convertido en rúbrica, una firma donde a priori no había demasiados propósitos artísticos, un logo genial de finales de los años ochenta que sembró los muros grises y aburridos de aquel Madrid, de aquella España, que aún estaba por despertar.
En efecto, Muelle dejó las paredes en 1993 al considerar que su «mensaje» estaba ya «agotado». Casi todas sus huellas habían sido borradas por órden municipal, y sus herederos tenían otro mensaje en mente bien distinto a la hora de empuñar el aerosol. El Madrid de la Movida también creó escuela en una nueva disciplina, un arte callejero. Muelle empezó a difundir su mote a partir del 1984, mote que surgió por haberse hecho una bicicleta en su escuela con un muelle gigante de amortiguador. Conquistó primero el barrio de Campamento, donde vivía. Después por toda la Villa y Corte, e incluso por toda España. Casi siempre con nocturnidad.
Al principio sus obras eran meras firmas. Posteriormente empezó a sombrearlas con colores o con dimensiones de profundidad, que le aproximaban a la estética del grafito neoyorquino. Los años de práctica también le proporcionaron unos sólidos principios éticos. Muelle fue seleccionando sus lienzos, concentrándose en superficies muy visibles, tapias de solares o vallas publicitarias (por las que sentía predilección, ya que consideraba su «mensaje» como un antídoto contra el bombardeo de imágenes comerciales que nos invade. Evitaba lugares de interés cultural o natural. Le preocupaba, incluso, el hecho de que los aerosoles que usaba se cargaran la capa de ozono. Lo suyo, como él mismo decía, era una historia carismática, democracia cultural en movimiento, un calvo al sistema que nos habían impuesto.
Muelle, un chico de barrio espabilado como todo aquel que en aquellos tiempos sin messenger y videoconsola se obligaba a salir a la calle para relacionarse, no tenía un pelo de tonto. Así, dos años después, en 1985, registró su logotipo en la propiedad industrial, y nunca permitió que su nombre quedara ligado a marca o establecimiento alguno. El dinero para el maletín repleto de rotuladores y aerosoles salía de su bolsillo. Incluso llegó a poner pleitos a un par de agencias de publicidad, acusándolas de haber plagiado parte de su logo. Hasta llegó a denunciar, en junio de 1988, al mismísimo Ayuntamiento de Madrid, con ocasión de una ilustración en la revista Villa de Madrid que reproducía su marca. Y es que con el consistorio no parecía llevarse bien. Nunca quiso nada con la Administración. Su actividad transcurrió al margen de la misma. Pero ésta es la única que pueden preservar lo que queda de su obra, de ese magnífico patrimonio popular. Después de haber destruido la mayoría, ellos son los únicos que pueden preservar tal padazito de nuestra historia. El enorme logo en rojo que saluda a la Red de San Luis, varios metros por encima de la acera, a la altura del número 32 de la calle de la Montera es una de las últimas que quedaron vivas en la ciudad. Muelle también viajó con su arte fuera de Madrid y allá por donde anduvo no pudo evitar dejar huella como si fuera la mismísima marca del zorro. Para tí éste tributo Muelle, recuerdo de mi infancia.
(By JRGE)
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